Parte I
Había algo curioso en la memoria.
Nunca respetaba el orden en que sucedían las cosas.
Los recuerdos importantes no siempre eran los más felices, ni los más tristes, ni siquiera los que habían cambiado una vida para siempre. A veces permanecían simplemente porque, durante unos minutos, el mundo había parecido un lugar mejor, y eso bastaba para que el tiempo decidiera conservarlos cuando todo lo demás comenzaba a difuminarse.
Durante años, cuando periodistas, inversores o biógrafos preguntaban a Marc Gosanju cuál era el primer recuerdo feliz de su infancia, muchos esperaban una respuesta extraordinaria. Imaginaban un viaje inolvidable, un regalo imposible o alguna escena capaz de explicar el nacimiento del hombre que décadas después movería miles de millones de euros con la misma serenidad con la que otros firmaban una hipoteca.
Nunca acertaban.
Su primer recuerdo verdaderamente feliz no tenía nada de extraordinario.
Era una feria.
Ni siquiera recordaba cuál.
Podía haber sido la del pueblo donde vivía, la del municipio vecino o cualquiera de aquellas fiestas patronales que durante el verano parecían sucederse unas detrás de otras por toda la comarca. En su memoria todas habían terminado fundiéndose en una sola, como si los años hubieran decidido eliminar las fechas y conservar únicamente las emociones.
Cada verano esperaba aquellas noches con una impaciencia que hoy le resultaba casi imposible explicar.
No era porque fueran a comprarle juguetes.
Nunca ocurría.
Tampoco porque supiera que iba a recibir algún regalo.
Eso tampoco sucedía.
En realidad, durante buena parte de su infancia Marc aprendió a no esperar demasiado de las cosas materiales. Aquella costumbre, que para otros niños habría resultado triste, para él era simplemente normal. Uno no echaba de menos aquello que jamás había tenido. No soñaba con bicicletas imposibles porque sabía que no llegarían; no insistía en zapatillas de marca porque comprendía, incluso antes de entender cuánto costaba ganarse el dinero, que había conversaciones que era mejor no provocar.
Sin embargo, las ferias eran distintas.
Durante unas horas daba la impresión de que el dinero dejaba de mandar.
No porque desapareciera.
Seguía siendo escaso.
Seguía marcando los límites.
Pero aquella noche bastaban unas pocas monedas para comprar ilusión, y eso era algo que el resto del año parecía imposible.
Los preparativos comenzaban mucho antes de que anocheciera.
Marc apenas podía concentrarse en otra cosa durante todo el día. Miraba una y otra vez por la ventana del pequeño piso donde vivían, esperando que el sol descendiera lo suficientemente rápido como para justificar que ya era hora de salir. El tiempo, que normalmente transcurría deprisa cuando jugaba en el descampado o inventaba partidos de fútbol con sus amigos, parecía detenerse precisamente aquel día, como si las horas disfrutaran viendo la impaciencia de un niño incapaz de comprender por qué una tarde podía durar una eternidad.
Su madre siempre se daba cuenta.
Mientras preparaba la cena o terminaba alguna tarea de la casa, sonreía al verlo recorrer el pasillo una y otra vez, incapaz de permanecer quieto más de unos minutos.
—Como sigas mirando el reloj, va a ir más despacio.
Marc respondía con una sonrisa nerviosa.
Sabía que no tenía razón.
Pero volvía a mirar.
Cinco minutos después repetía exactamente el mismo gesto.
Su padre llegaba algo más tarde, todavía con el cansancio del trabajo dibujado sobre el rostro. A veces traía las manos ennegrecidas por el polvo, otras con pequeños cortes provocados por descargar mercancías durante horas, pero bastaba con que se lavara la cara, se cambiara la camisa y se peinara frente al pequeño espejo del recibidor para que pareciera otra persona. No era un cambio físico. Era algo mucho más difícil de explicar. Durante aquellas noches desaparecía la expresión de preocupación permanente que normalmente llevaba encima, como si durante unas pocas horas decidiera concederse el permiso de olvidar facturas, horarios y problemas.
—Bueno... ¿nos vamos o qué?
Aquella frase era el verdadero comienzo de la feria.
Marc salía prácticamente corriendo escaleras abajo mientras sus padres todavía cerraban la puerta del piso.
El edificio donde vivían parecía distinto cuando todos los vecinos abandonaban sus casas al mismo tiempo. Las escaleras, normalmente silenciosas, se llenaban de conversaciones cruzadas, de niños llamándose desde un rellano a otro y de mujeres preguntándose unas a otras si aquella noche habría fuegos artificiales. Los hombres comentaban el calor, el trabajo o el partido del domingo anterior, pero bastaba con llegar a la calle para que cualquier conversación terminara siendo absorbida por la misma corriente humana que avanzaba en dirección al recinto ferial.
A Marc le gustaba caminar entre la multitud.
Le fascinaba observar a la gente.
No sabía todavía que esa costumbre jamás desaparecería.
Décadas más tarde seguiría entrando en una sala de juntas exactamente igual que entonces entraba en una feria: sin hablar demasiado al principio, limitándose a observar. Quién sonreía de verdad. Quién fingía. Quién escuchaba. Quién necesitaba ser escuchado. Había descubierto mucho antes de saber ponerle nombre que las personas siempre terminaban revelándose cuando creían que nadie las estaba mirando.
El camino hasta la feria no era especialmente largo, pero para un niño tenía la duración de una expedición.
Las calles iban transformándose poco a poco conforme avanzaban. Primero aparecían pequeños grupos de vecinos caminando en la misma dirección; después comenzaban a verse familias enteras que se incorporaban desde otras calles, y finalmente llegaban los primeros sonidos, todavía lejanos, mezclándose con el aire templado del verano. Una melodía salía de unos altavoces antiguos; más adelante se escuchaban las voces amplificadas de los feriantes anunciando premios imposibles; un poco después, el estruendo metálico de los coches de choque empezaba a imponerse sobre todo lo demás.
Y entonces llegaba el olor.
Marc siempre pensó que las ferias tenían un olor propio.
No era únicamente el azúcar de los algodones dulces ni la masa recién frita de los churros. Tampoco las almendras garrapiñadas, las castañas, la carne asándose sobre enormes planchas o el humo que escapaba de los puestos donde preparaban bocadillos. Era una mezcla de todo aquello con el polvo levantado por miles de pasos, con el perfume barato de la gente que quería arreglarse para salir y con el aceite de las atracciones que llevaban horas funcionando sin descanso.
Años después descubriría que los economistas hablaban del valor de una marca como la capacidad de despertar emociones inmediatas en la mente del consumidor.
Las ferias ya lo conseguían mucho antes de que existiera aquella definición.
Bastaba respirar una sola vez para saber exactamente dónde estaba.
Cuando doblaban la última esquina y aparecía el recinto iluminado, Marc aceleraba el paso sin darse cuenta. Cientos de bombillas de colores dibujaban arcos sobre las entradas principales, las barracas parecían pequeños teatros construidos para durar únicamente unas noches y las atracciones se elevaban sobre el resto del paisaje como gigantes mecánicos capaces de desafiar la oscuridad.
Siempre le llamaba la atención la montaña rusa.
Todavía era demasiado pequeño para subir, pero nunca dejaba de observarla.
Veía cómo los vagones ascendían lentamente por la primera pendiente, escuchaba el traqueteo metálico de la cadena empujándolos hacia arriba y se preguntaba qué sentirían las personas que ocupaban los primeros asientos justo antes de precipitarse hacia el vacío. No era miedo lo que despertaba en él.
Era curiosidad.
Una curiosidad inmensa.
Su padre, al verlo mirar con tanta atención, sonreía.
—El año que viene.
Aquella promesa se repetía todos los veranos.
Marc asentía convencido de que, efectivamente, el próximo año ya sería suficientemente mayor.
Después descubría que aún faltaban unos centímetros de altura.
Y la conversación volvía a repetirse exactamente igual.
No le importaba demasiado.
Había tantas cosas que hacer que la montaña rusa terminaba convirtiéndose únicamente en un objetivo para el futuro.
Algo que todavía no podía alcanzar.
Y precisamente por eso resultaba tan atractivo.
Su madre tenía otra tradición.
Antes de comenzar el recorrido por las atracciones, se detenía siempre en una pequeña caseta de madera decorada con motivos regionales donde servían vino dulce en vasos pequeños de cristal. Ella y su padre compartían una copa mientras comentaban cualquier cosa sin importancia, quizá porque sabían que aquellos diez minutos eran uno de los pocos momentos del año en los que podían sentarse sin prisas, observar a la gente pasar y sentirse, aunque solo fuera por un instante, exactamente igual que cualquier otra pareja.
Marc aprovechaba ese momento para comprar unos barquillos.
Nunca entendió por qué le gustaban tanto.
Eran simples.
Ligeros.
Crujían al morderlos y dejaban un ligero sabor a vainilla que desaparecía enseguida, pero él aprendió muy pronto a comerlos despacio, casi con ceremonia, porque intuía que si los terminaba demasiado rápido también terminaría demasiado pronto aquella sensación de felicidad que parecía envolver toda la feria.
Los sostenía con ambas manos mientras observaba el ir y venir de la gente.
Le gustaba imaginar quiénes eran.
Inventaba historias.
Aquel hombre debía de ser camionero.
La pareja que caminaba cogida de la mano seguramente acababa de empezar a salir.
El anciano que sonreía junto a un niño pequeño tenía que ser su abuelo.
No acertaba casi nunca.
Pero descubría algo mucho más importante.
Las personas contaban historias incluso cuando permanecían en silencio.
Sin saberlo, estaba aprendiendo a observar el mundo como años más tarde observaría los mercados.
No fijándose únicamente en lo evidente.
Sino intentando descubrir aquello que todavía permanecía oculto.
Aquella noche, como tantas otras, todavía no podía imaginar que las decisiones más importantes de su vida comenzarían exactamente así: observando en silencio mientras los demás creían que simplemente estaba mirando.
Parte II
Después de terminar los barquillos, Marc limpiaba cuidadosamente con el dorso de la mano las pequeñas migas que quedaban pegadas a la camiseta. No lo hacía porque le molestaran especialmente, sino porque sabía que, a partir de ese momento, comenzaba la verdadera expedición. Sus padres terminaban la copa de vino dulce con una calma que a él le parecía insoportable; conversaban unos minutos con algún vecino que siempre aparecía por casualidad, preguntaban por la familia, por el trabajo o por cualquier asunto cotidiano que durante el resto del año habría parecido importante y que, sin embargo, aquella noche perdía toda relevancia frente al ruido constante de las atracciones.
Marc apenas intervenía en aquellas conversaciones. Permanecía unos pasos por delante, balanceándose sobre los pies, girando la cabeza de un lado a otro con la impaciencia de quien siente que cada segundo perdido significa una oportunidad menos para descubrir algo nuevo. Su padre terminaba dándose cuenta, sonreía con resignación y le daba una ligera palmada en el hombro.
—Anda... vamos antes de que revientes.
Aquellas palabras eran el permiso que llevaba esperando toda la tarde.
El recinto ferial era un universo construido para los niños, aunque fueran los adultos quienes pagaran las entradas. Marc tardó muchos años en comprenderlo. Entonces pensaba que todo estaba diseñado para divertir, pero con el tiempo descubrió que las ferias no vendían atracciones; vendían recuerdos. Ningún padre pagaba unas monedas para que su hijo montara en unos coches de choque durante tres minutos. Lo hacía porque intuía que, veinte o treinta años después, aquel niño seguiría recordando exactamente cómo se había sentido aquella noche.
Y tenía razón.
La primera parada casi siempre eran los coches de choque.
Desde lejos parecían una auténtica batalla. Los destellos de las luces de colores se reflejaban sobre la pista metálica mientras decenas de vehículos giraban sin ningún orden aparente, chocando unos contra otros entre carcajadas, bocinazos y el sonido inconfundible de los parachoques golpeándose una y otra vez. Había algo extraordinariamente democrático en aquella atracción. Dentro de la pista daba igual quién fueras. El hijo del médico del pueblo, el del albañil, el del camionero o el del empresario local terminaban empujándose exactamente igual, riéndose exactamente de las mismas cosas y saliendo con el mismo olor a goma caliente impregnado en la ropa.
Marc esperaba su turno sujetando con fuerza la ficha metálica que le entregaban en la taquilla. La observaba como si fuera una llave mágica. Sabía que, una vez la introdujera en el mecanismo del coche, dispondría de apenas unos minutos para convertirse en el conductor más temerario del recinto. Nunca elegía el vehículo más bonito. Prefería buscar uno que pareciera resistente, uno de esos cuya carrocería ya mostraba decenas de golpes y arañazos porque intuía, sin saber por qué, que también serían los que mejor soportarían los impactos.
Su padre reía al verlo concentrado.
—Pareces un piloto de verdad.
Marc no respondía. Sujetaba el volante con ambas manos, esperaba a que sonara la sirena de salida y, en cuanto el encargado levantaba la barrera, comenzaba la persecución. No conducía al azar. Elegía objetivos. Calculaba trayectorias. Esperaba el momento justo para acelerar y golpear de lado al coche que tenía delante. Cuando lograba un buen impacto levantaba los brazos durante un segundo, orgulloso de su pequeña victoria, antes de volver a concentrarse en la siguiente maniobra.
Muchos años después, ya convertido en empresario, uno de sus directivos le preguntaría cuál era el secreto para negociar adquisiciones multimillonarias sin perder nunca la calma.
Marc respondería sonriendo:
—Nunca conduzcas mirando el coche que tienes delante. Mira el espacio hacia el que se dirige.
Nadie entendió de dónde había salido aquella frase.
Ni siquiera él recordó, en ese momento, que probablemente la había aprendido siendo un niño, en unos coches de choque de feria.
Cuando bajaba de la atracción todavía llevaba la adrenalina dibujada en la cara. Caminaba deprisa, hablaba más rápido de lo habitual y gesticulaba intentando explicar a sus padres el choque que había conseguido o la maniobra imposible con la que había escapado de otros tres coches. Ellos asentían, divertidos, aunque probablemente no entendieran la mitad del relato. Bastaba ver sus ojos para saber que había sido feliz.
Después llegaban las casetas de tiro.
Aquellas sí imponían respeto.
Las escopetas de aire comprimido colgaban perfectamente alineadas sobre el mostrador y desprendían un olor metálico mezclado con aceite que fascinaba a Marc. El feriante las entregaba una tras otra mientras repetía el mismo discurso cientos de veces cada noche.
—Cinco disparos. Si tumbas todos los palillos, premio seguro.
Marc escuchaba aquellas instrucciones como si estuviera recibiendo órdenes para una misión decisiva. Sujetó la carabina con ambas manos, apoyaba la culata contra el hombro igual que había visto hacer en las películas y cerraba un ojo intentando que la mirilla coincidiera exactamente con el diminuto palillo de madera colocado al fondo.
Respiraba.
Aguantaba el aire.
Disparaba.
El proyectil silbaba apenas una fracción de segundo antes de impactar... o de perderse unos centímetros por encima del objetivo.
Cuando fallaba fruncía el ceño con auténtica decepción. No por el premio. Eso era lo de menos. Lo que realmente le molestaba era haber calculado mal. Volvía a cargar el arma, corregía ligeramente la posición y repetía el proceso convencido de que esta vez sí acertaría.
Su padre, situado a su lado, evitaba darle instrucciones. Nunca fue un hombre que resolviera los problemas de los demás. Prefería observar cómo su hijo encontraba por sí mismo la manera de hacerlo mejor.
Solo cuando terminaban los cinco disparos apoyaba una mano sobre su hombro.
—Has fallado cuatro.
Marc agachaba la cabeza.
Entonces llegaba la segunda parte de la frase.
—Pero el último ha estado mucho más cerca que el primero.
Era una diferencia pequeña.
Casi insignificante.
Sin embargo, Marc comenzó a descubrir que su padre nunca medía el éxito por el resultado inmediato, sino por la mejora respecto al intento anterior.
Años después comprendería el valor inmenso de aquella enseñanza.
La siguiente parada era, sin discusión posible, la máquina del brazo mecánico.
Si hubiera existido una fotografía capaz de resumir toda su infancia, probablemente no habría sido la de las zapatillas blancas ni siquiera la del chimpancé que conocería poco después. Habría sido la imagen de un niño con las manos apoyadas sobre el cristal de aquella máquina, observando fijamente un muñeco que parecía estar siempre a unos pocos centímetros de convertirse en suyo.
Era un superhéroe.
Llevaba una capa roja, un antifaz negro y un gesto desafiante que a Marc le parecía el retrato perfecto del valor. Nunca supo de qué personaje se trataba. Daba igual. Para él era simplemente el muñeco.
El mismo de todos los años.
Introducía la moneda con un cuidado casi ceremonial y sujetaba la pequeña palanca con una delicadeza impropia de un niño. Movía el brazo milímetro a milímetro, convencido de que un pequeño error arruinaría toda la operación. Desde fuera parecía una maniobra sencilla; desde dentro, cada movimiento exigía una concentración absoluta.
—Un poco más a la izquierda... —susurraba para sí mismo.
Después hacia delante.
Solo un poco.
Ahí.
Pulsaba el botón.
El brazo descendía lentamente.
Las tres pinzas se abrían.
Abrazaban durante un instante la cabeza del muñeco.
Lo levantaban apenas unos centímetros.
Marc contenía incluso la respiración.
Durante dos segundos creía de verdad que lo había conseguido.
Y entonces ocurría lo de siempre.
Las pinzas perdían fuerza.
El muñeco resbalaba.
Caía lentamente sobre el montón de premios mientras el brazo regresaba vacío a su posición inicial.
Cualquier otro niño protestaba.
Algunos golpeaban el cristal.
Otros acusaban al feriante de hacer trampas.
Marc no.
Se quedaba mirando el recorrido del mecanismo con una atención casi científica.
Había algo que no funcionaba.
No podía ser únicamente cuestión de suerte.
Intentaba descubrir el patrón.
La fuerza.
El ángulo.
El peso.
El punto exacto donde las pinzas comenzaban a abrirse.
No buscaba una explicación para justificar la derrota.
Buscaba entender el sistema.
Porque intuía que, si conseguía comprender cómo funcionaba realmente aquella máquina, algún día terminaría ganándola.
Aquella manera de pensar, completamente impropia de un niño de su edad, pasaba desapercibida para todos.
Para todos menos para su padre.
Una noche, mientras se alejaban de la atracción, este rompió el silencio con una frase que Marc tardaría muchos años en valorar.
—No te quedes mirando el premio.
Mira cómo funciona la máquina.
Marc giró la cabeza sorprendido.
Su padre siguió caminando.
No añadió nada más.
Nunca volvió a hablar de aquello.
Pero esa frase quedó guardada en algún rincón de su memoria con una fuerza que solo adquiriría sentido décadas después, cuando comprendiera que las mayores fortunas del mundo no se construyen persiguiendo dinero, sino entendiendo los mecanismos que lo generan.
Y, sin saberlo, aquella noche un hombre que jamás había estudiado economía acababa de darle a su hijo la primera gran lección empresarial de su vida.
Parte III
Aquella noche, sin embargo, todavía guardaba una sorpresa que Marc no podía imaginar.
Mientras abandonaban la zona de las máquinas recreativas y continuaban caminando entre las barracas, un pequeño grupo de personas había comenzado a formar un corro junto a uno de los pasillos principales del recinto. Desde lejos apenas conseguía distinguir qué estaba ocurriendo. Solo veía cabezas inclinadas hacia un mismo punto y escuchaba el murmullo inconfundible que produce la curiosidad cuando varias decenas de personas descubren algo inesperado.
Marc tiró suavemente de la manga de su padre.
—¿Qué hay ahí?
Su padre levantó ligeramente la vista por encima de la gente.
—No lo sé... vamos a verlo.
Tuvieron que abrirse paso despacio entre los curiosos hasta llegar a la primera fila. Entonces lo vio.
Durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.
No porque tuviera miedo.
Porque nunca había visto algo parecido.
Sentado sobre un pequeño taburete de madera había un chimpancé joven. Vestía un chaleco rojo de terciopelo, demasiado grande para su cuerpo, y un diminuto sombrero ladeado que parecía más una ocurrencia del feriante que una prenda útil. El animal observaba a la multitud con una tranquilidad desconcertante, como si estuviera acostumbrado a que cientos de personas lo miraran cada noche.
Marc solo conocía los simios por los documentales que emitían algunos domingos en televisión. Le parecían criaturas casi mitológicas, seres inteligentes que vivían en selvas inmensas al otro lado del mundo, tan lejos de su realidad que nunca imaginó que algún día tendría uno delante.
El feriante levantó la voz con la habilidad de quien llevaba media vida atrayendo clientes.
—¡Fotografía con el chimpancé! ¡Un recuerdo para toda la vida! ¡Solo unas monedas!
Marc no dijo nada.
Ni siquiera pidió subir.
Simplemente contemplaba al animal con una mezcla de fascinación y respeto.
Su madre fue la primera en advertir aquella expresión.
Conocía demasiado bien a su hijo. Sabía distinguir cuándo deseaba algo de verdad y cuándo solo era un capricho pasajero. Aquella mirada pertenecía a la primera categoría.
Intercambió una rápida mirada con su marido.
No hizo falta hablar.
Él metió la mano en el bolsillo del pantalón y comenzó a buscar entre las monedas que llevaba sueltas. No eran muchas. Marc escuchó el sonido metálico al pasar de una mano a otra y, aunque todavía era demasiado pequeño para calcular cuánto dinero representaban, comprendió inmediatamente que aquellas monedas ya no servirían para otra cosa aquella noche.
Su padre las dejó sobre el pequeño mostrador.
—Una foto.
El feriante sonrió satisfecho.
—Acércate, campeón.
Marc avanzó despacio. El corazón le latía con fuerza, no por miedo, sino por esa mezcla de emoción y nerviosismo que solo producen las experiencias completamente nuevas. Cuando quedó frente al chimpancé, dudó un instante sin saber qué debía hacer.
El cuidador dio una ligera palmada sobre el hombro del animal.
—Venga... saluda.
Lo que ocurrió después quedó grabado en la memoria de Marc con una nitidez extraordinaria.
El chimpancé levantó lentamente la cabeza, lo observó durante unos segundos y, contra todo pronóstico, se incorporó con una naturalidad sorprendente. Dio un pequeño paso hacia él y, antes de que nadie pudiera indicarle ninguna postura, rodeó su espalda con ambos brazos.
Fue un abrazo.
No un gesto aprendido.
No una pose forzada.
Un abrazo.
Marc permaneció completamente quieto. Notó el tacto áspero del pelo sobre los brazos, el calor del cuerpo del animal y un olor intenso, extraño, imposible de comparar con cualquier otro que hubiera conocido hasta entonces. No sintió miedo. Sintió una curiosa sensación de tranquilidad, como si aquel chimpancé hubiera decidido aceptarlo durante unos segundos como parte de su pequeño mundo.
—¡Mira aquí! —gritó el fotógrafo.
El fogonazo del flash iluminó la escena.
El instante quedó congelado para siempre.
Décadas más tarde, cuando aquella fotografía aparecía de vez en cuando entre viejos álbumes familiares, Marc seguía sonriendo exactamente igual que aquel niño de nueve años. Resultaba curioso comprobar cómo algunas imágenes terminaban convirtiéndose en cápsulas del tiempo capaces de devolver intactas emociones que la memoria, por sí sola, habría terminado deformando.
Mientras se alejaban de la barraca, Marc giró varias veces la cabeza para seguir observando al chimpancé. El animal ya abrazaba a otro niño exactamente igual que unos minutos antes lo había abrazado a él, pero eso no disminuía la importancia de lo que acababa de vivir. Para un adulto podía ser una simple fotografía de feria. Para él era mucho más.
Era el primer ser vivo completamente desconocido que había tocado en su vida.
Años después visitaría reservas naturales en África, recorrería selvas en América del Sur y conocería especies que entonces ni siquiera sabía que existían. Sin embargo, ninguna de aquellas experiencias borraría el recuerdo de aquel abrazo improvisado bajo las luces de una feria de barrio.
Continuaron caminando entre las barracas hasta llegar a la zona de los juegos de habilidad. Allí no había grandes atracciones ni música estridente. Solo pequeños puestos de madera donde los feriantes desafiaban a los visitantes con anillas, dardos, pelotas o cartas. A Marc le gustaban casi tanto como los coches de choque porque, a diferencia de las atracciones, allí no parecía existir la suerte absoluta. Siempre pensaba que, si uno era lo bastante bueno, terminaría ganando.
Su padre se detuvo frente a un juego aparentemente sencillo. Sobre un tablero circular había varias botellas de cristal y el objetivo consistía en lanzar unas anillas de cuerda para que quedaran perfectamente encajadas en el cuello de cualquiera de ellas.
—Voy a probar.
Marc observó con atención.
No recordaba haber visto nunca a su padre participar en un juego de feria. Era un hombre prudente con el dinero y rara vez gastaba unas monedas en algo cuya recompensa dependiera del azar. Quizá por eso aquella decisión le sorprendió.
El feriante le entregó cinco anillas.
—A ver si hay suerte.
Su padre sonrió ligeramente.
—La suerte ayuda poco cuando uno apunta bien.
Marc nunca olvidaría aquella respuesta.
El primer lanzamiento pasó rozando una botella y cayó al suelo.
El segundo rebotó en el cristal y salió despedido.
El tercero estuvo todavía más cerca.
Marc comenzaba a pensar que no conseguirían nada cuando su padre respiró hondo antes del cuarto intento. No cambió la postura. No lanzó con más fuerza. Simplemente corrigió unos centímetros el ángulo de la muñeca.
La anilla describió una parábola perfecta.
Giró una vez sobre sí misma.
Y cayó limpiamente alrededor del cuello de la botella.
El feriante chasqueó la lengua con resignación.
—Buena mano.
Todavía quedaba un lanzamiento, pero ya era suficiente para elegir uno de los premios del estante.
Marc recorrió con la mirada decenas de cajas de juguetes, peluches, coches y juegos de mesa hasta que una llamó inmediatamente su atención.
Era rectangular.
Mucho más grande que las demás.
En la tapa aparecían dibujadas calles, edificios, billetes de colores y un hombre con sombrero y bigote sosteniendo un bastón.
Su padre siguió la dirección de su mirada.
—¿Ese?
Marc asintió sin apartar los ojos de la caja.
El feriante la tomó del estante y se la entregó.
—Buena elección.
Marc sujetó el juego entre los brazos durante el resto de la noche como si llevara un pequeño tesoro. No tenía la menor idea de cómo se jugaba. Ni siquiera comprendía qué significaban aquellas calles impresas en el tablero. Sin embargo, había algo en aquella caja que despertaba su imaginación de una forma que ningún otro juguete había conseguido hasta entonces.
Mientras regresaban caminando a casa, continuó leyendo una y otra vez el título impreso sobre la tapa.
Monopoly.
Pronunció la palabra en voz baja, separando las sílabas como quien intenta descifrar un idioma extranjero.
No podía saberlo.
Era imposible.
Pero aquella caja de cartón, conseguida por unas pocas monedas en una feria cualquiera, terminaría influyendo mucho más en su forma de pensar que muchos de los libros de economía, estrategia o finanzas que leería décadas después.
Porque algunas lecciones llegan disfrazadas de juego.
Y las más importantes casi nunca anuncian que acaban de empezar.